martes, 24 de abril de 2012

espejos


¿A quién no le apasionan los espejos? ¿No son acaso inspiradores? ¿Cuántas veces no has deseado ser la del otro lado, verte desde esa perspectiva tan familiar y a la vez tan distinta?

Hace tiempo me negué a escribir un blog en el que volcara mis anhelos, mis sueños... lo que me desvela y lo que me araña por dentro. Será que todo es cíclico y las personas las mismas, aunque se ensanchen las caderas y salgan pequeñas arrugas alrededor de los ojos, de reírse tanto o de vivir con tantas ganas. Hace unos años me di cuenta que no me reconocía en el espejo.

De pequeña me pasaba horas delante de él, sujetándome con papel celo el rabillo del ojo para ser china. Sí. Yo creía que todo lo que no funcionaba en esta vida lo haría con un poco de celo y pegamento. Con el tiempo aprendí que eso no era así y llegué a escucharme decir '¿Quién es esa?' o '¿Por qué es tan difícil ser adulto?'

Quizá pasé demasiado deprisa de la cadencia de las historias de verano –la Playa de la Concha de madrugada, Nápoles, lluviosa Malasaña– al vacío existencial que en un tiempo fue vértigo. Ya no tengo vértigo a la vida, sólo la veo irse como el agua del río y yo, que siempre he sido de la escuela de Heráclito de Éfeso, vivo obsesionada con que lo que nos pasa nos hace muy distintos y que lo que se va no vuelve.

Vivo obsesionada con ello y, sin embargo, soy la primera no aceptar que las cosas que se van no vuelven. Por eso quizá me cuesta tanto ver que no voy a seguir realizando sueños hallándome en este lado del espejo y que me han dejado por el camino personas a las que amé con las uñas y con los dientes y con un gran pedazo de estómago... Y que no volverán. Y tampoco las imágenes que tatuaron en mi retina los adoquines y el embarcadero y los fuegos artificiales desde el faro.

No puedo vivir amarrando trozos de tela, fotogramas cristalinos y vítreos ni cartas rotas. Pero siento nostalgia por esos días y me tortura enormemente ver que no tengo la chispa de antes. Me doy cuenta cuando me veo reírme a carcajadas sin mirar el teléfono, ni el reloj. Cuando me definen como la chica que más se ríe del mundo. En esos momentos me doy cuenta que me echo de menos y que me cuesta verme convertida en alguien a quien hace tanto que no reconozco que no me preocupo por recordar.

Será la velocidad de la vida que no me deja pensar. El tiempo es el mismo que era entonces. Y así las esferas y sin embargo, estoy tan lejos de esa explicación racional e irracional de casi todo, tan lejos de los silogismos y la lógica y de los días en que me contaban quién era Sócrates y dije 'Yo quiero ser esto'. Y entonces fue cuando decidí que quería llamar Sofía a una de mis hijas, una de las varias que quería tener. Me hice esa promesa y la guarde en un estuche de lata, que tenía mi nombre y el de mis amigas escrito en típex.

Ellas siguen estando, y sus espejos, y los cuentos y las cartas que nos escribimos. Yo, en cambio, no tengo claro qué tengo dentro pero sé que avanzo hacia dirección prohibida, hacia una calle cortada, y quién sabe cuánto tiempo llevo ignorando que estoy en ella... quién sabe cuánto tiempo llevo mirándome en el espejo convexo de las calles sin salida. Sin reconocerme.

3 comentarios:

Javier Divisa dijo...

Qué intensidad, y que variaciones temporales,y los espejos y tal. Mola, b

Trapi dijo...

Sí mola. Mucho.

Sandra Montes dijo...

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