en ocasiones no damos cuerda al reloj en la dirección adecuada y con la potencia precisa. Llegar a tiempo no siempre equivale a llegar en hora o según los planes. Porque a veces, llegamos a tiempo cuando perdemos el autobús, cambiamos los planes en el último segundo o improvisamos un viaje solos
Sonaba el acordeón en Casas Reais, y él, miraba fijamente la escena. Pensaba de manera intensa que nadie le estuviera mirando, porque dicen que cuando lo piensas intensamente, ocurre. A veces. E imagino que, sólo, cuando tiene que ocurrir. Allí estaba él, apoyado en una columna de piedra, en el muro, mirándola. Queriendo que todo el mundo dejara de hablar; que aquello dejara de ser la vida real y siguiera siendo lo que parecía, una película antigua, como indicaban sus colores matizados, la embriaguez de la noche, la magia de las madrugadas. Allí estaba él. Mirándola. Mirando sus dedos, recreando películas, lugares, momentos. Recreando aquel yo y aquel ella. Aquel tenerla delante y desearla, con sus manos de marfil contando notas, contando historias con el acordeón. Y alrededor la gente bailaba, y reía, e incluso ese chico moreno se agachó para saludar con el sombrero. Como si la escena fuera un gran circo en París donde todos bailan alrededor de todas las cosas profanas. Y la luz era anaranjada; sobre la piedra oscura. Y estaba ella, y estaba él que la protegía. Y las madrugadas, que a veces, cuando cambias el rumbo, te hacen estos regalos. Nunca en hora. Siempre de paso, y siempre por casualidad. Todos eran franceses. Él no. Y todos ellos, personajes de otra época aparecidos en mitad del túnel del tiempo, desafiando la gravedad, se saludaron.
Nadie la vio entrar, pero aquel 24 de octubre Jane les esperó durante dos horas y veinte minutos en el tercer piso de aquel edificio residencial al nordeste de Nashville. Absorbía el tiempo y el humo, como queriendo acompasarlos. Miraba el reloj de pared y esperaba junto a la ventana, haciendo bailar sus pies sobre la madera del suelo. Permanecía en las tinieblas, agazapada, lista para saltarle a la yugular.
Las ráfagas de los faros que transitaban sigilosos la quinta con la calle Monroe proyectaban en el habitáculo todo un espectáculo de líneas verticales que fosforecían la estancia. Pero ningún coche paraba frente a la puerta. Entre las cortinas de tweed de apartamento de Burke se abrían paso también las voces de aquellos hombres que continuaban la pelea en la puerta del Mullingan’s.
Jane se movía de forma ceremoniosa por la habitación. Su silueta, enclavada en la esquina inferior del espejo oval de la cómoda, sólo cambiaba de posición para mirar el reloj o recargar la pistola. La miraba, echaba una ojeada a la acera, después a la puerta, y la volvía a guardar.
Los árboles de afuera, agitados por el vendaval de la noche e iluminados por las farolas naranja, se revolvían de manera mucho más violenta y hacían pasar desapercibidos los movimientos de Jane.
Se perfilaba los labios cuando les escuchó llegar. Cerró con sigilo el pintalabios y se quedó inmóvil. Intentó encajar de un solo golpe el capuchón dorado en la barra granate pero le costó tres intentos. Le temblaban las manos. Echó un vistazo rápido al reloj de la pared que ella le había regalado en su tercer aniversario. Eran las tres de la mañana. Todos dormían.
Ella permanecía clavada, como un compás sobre sus tacones mientras los pasos avanzaban. Eran cuatro pies. Dos llevaban tacones de aguja. Más delicados que los suyos. Algo más altos. Quizá también rojos. Y cada vez más cerca. Casi podía oír el tintineo de las pulseras rebuscando en el bolso. Rebuscando la llave.
Y oía risas, y sentía cómo la cabeza le iba a estallar por varios lados. Y cada vez sonaba más cerca. Oía el metal tan próximo como sus latidos en el cuello, como la respiración que removía todo el contenido de sus venas. Sonaron varios cláxones en el cruce y se aceleraron las líneas verticales que pasaban, como si fueran fotogramas en movimiento, por la cara de Jane. El tintineo estaba tan cerca ya. Y Jane empezó a marearse. Se apoyó contra la pared. Perdió el equilibrio cuando su oído empezó a percibir absolutamente todos los registros.
Empezó a oír las ramas. Y los gritos de los borrachos del Mulligan’s. Y los sonidos del neón de la cafetería de Betty. La televisión de la habitación contigua. Y se agarró con firmeza al arma. La empuñó. Le vio a él, a ella. Miró la cama. Esa cama. Y le dieron náuseas. Y empezó a sollozar. Y se vio allí, de pie, en el espejo.
Jane aguardaba apuntando ridículamente a la puerta que iban a atravesar ellos. Pero no podía hacerlo. No podía matarles. Se dio motivos, recordó la humillación, o fácil que él había superado la ruptura. Lo feliz que era. Y todo eso le hirvió la sangre, pero no podía moverse. Volvió a mirar la cama y le dolía el pecho, pero no se sintió capaz. Empezó a marearse. Se sintió absurda. Quería morirse. Allí mismo.
Al otro lado de la puerta los dos se comían a besos. Se empotraron contra la entrada. Estaban al otro lado. Espalda contra espalda. Jane sorbía las lágrimas. Cerró los ojos agarró con fuerza el pomo por dentro y atrancó la puerta. Escuchó con toda claridad cómo la pareja metía la llave en la cerradura. Y la puerta cedía.
De haber sido aquella la noche del día anterior, hubieran sido las 3:10 am. Pero hoy, gracias al cambio de hora eran, de nuevo, las 2:10 am. Se levantó, arrancó el reloj de la pared y salió corriendo. Aún estaba excitada. Rió. Primero tímidamente, después a carcajadas.
Ella había ganado una segunda oportunidad. Y los vecinos de enfrente del apartamento de Burke, una hora más de sexo.
Nunca me dieron la oportunidad de convivir con animales. A mi madre no le parecía bien, es más, su obsesión por la limpieza impidió que jamás consiguiera volver por la noche y tener un pequeño de cuatro patitas a quien le encante verte. Una vez lo intentó, a la desesperada. Debería ser quinto de EGB. Yo mataba por tener un gato y mi progenitora me aseguró que si sacaba todo sobresalientes me lo compraba. No lo hizo nunca. Yo no recuerdo si llegué a cumplir con el propósito –posiblemente no- pero apuesto a que rezaba porque me quedara en el notable. Ayer, para preparar un tema, quedé con una chica encantadora en el Refuxio de la ciudad donde vivo. Está a dos kilómetros, de camino al aeropuerto. Estuvo enseñándonos la perrera, la clínica y las gateras, y después de pasearnos entre olores y hedores de todo tipo, le tocó al espacio en el que están los gatitos.
Susana, que así se llama la chica, es presidenta de una protectora de animales, abrió un portalón de metal para descubrirnos a mi compañero y a mí su rincón favorito. Contaba que se acercaba hacia esta parte para darles cariño y enseñarles a querer y sobre todo a que perdiesen el miedo. Los acariciaba y lo repetía constantemente: “Tienen mucho miedo” cuando un perro decidía quedarse atrás sin dejar de ladrar o cuando un gato trepaba por su escalera cuando entran extraños en su territorio. Los gatitos se movían hacia la verja, sin miedo, acercando sus pequeñas naricitas hacia mi dedo, como buscando la llave. Tenían los ojos idénticos, igual que la cola, y las patitas. A su lado, un pequeños gato negro de ojos verdes, inmensos en la pequeñez, daba saltitos dentro del cubículo.
Eran casi veinte gatitos, abandonados, de esos que la gente nunca consigue regalar a un amigo. Felinos pequeños, frágiles, que buscan sólo que los cuiden, explicaba Susana, matizando que en realidad no distan nada de cómo nos comportamos nosotros. Dentro de una jaula, centrados en una tarea y esperando a que la vida pase. Parece increíble que los animales puedan recuperarse tan bien después de todo lo que sus dueños les hacen pasar. Perdigones en los ojos, orejas y colas mutiladas…
Contaba Susana que encuentran a los perros por el monte, otras veces se los traen para deshacerse de ellos y otras dejan atados a los perros a la valla del Refuxio o les lanzan desde el otro lado. Con nocturnidad y alevosía. Parece increíble que una persona pueda abandonar a su animal. Sí, aquel “Él nunca lo haría”, ¿se acuerdan?
Canción del día: vértigo, de ismael serrano
Vicio del día: cambiar de recorrido para volver a casa
Objetivo del día: retratar esa guerra municipal abierta
Algo sosa. Lenta de más al principio (mi hermana se durmió -dice que con los ojos abiertos- 5 minutos). Facilona y muy predecible. Y eso que prometía. La estética es buena, porque está filmada a la vieja usanza Woody Allen... Y el tiempo está bien, dura lo que tiene que durar. Pero se echa de menos el giro brusco, la sorpresa. Y luego tiene muchas cosas buenas, porque al fin y al cabo sigue siendo un genio, pero falta... Le faltan cosas. El mejor personaje, el más completo, el que tiene una evolución más lógica es el de la madre de ella, Patricia Clarkson (Dogville, Vicky, Cristina, Barcelona...) cuando entra en escena se come a todos los actores, incluso al férreo protagonista, Larry David, un cómico de series como Seinfeld. Y sigo sin entender bien el afán de Allen de buscar siempre féminas que se asemejen a Scarlett... ella también me aburre. Insuficiente. Llevo años tirando de clásicos para no olvidarme de quién es este director al que admiré tanto en Desmontando a Harry o Granujas de medio pelo. De todas maneras, es una delicia ir al cine, como siempre. Y terminar bien un finde genial, tranquilo, completo (aunque siempre llega el sms maldito de "mañana a las 11.15 en XXX, presentan YYY") Bon Voyage. Me cuesta dormir pronto los domingos (en este caso lunes) cuando me vuelvo a marchar...
Pd: Enseñanzas del día: 1) las casualidades siguen existiendo si dejas a las cosas ser 2) no existe edad para que esto ocurra 3) me encanta estar con M. y A. T., y volver al parque del cole, y la cama de mar, aunque me traiga recuerdos regulares Pd3: LCE para la próxima Pd2: NYC
(CMD+X) sobre los apuntes rápidos sobre Hipatia (merecen un post aparte, mañana)
(Apuntes menos rápidos) Uno de los motivos por los que me he vuelto una purista del cine (uno de los primeros síntomas fue no soportar que nadie hablara ni llegara tarde al cine) es que la gente no respeta las obras. Por eso no me gustan las salas grandes, y hoy no me ha gustado ver la película teniendo a un lado una señora mayor que no dejaba de toser y tres atrás que se habían equivocado de fila y han llamado a voces al acomodador en mitad de la película... Ahora he decidido ir al cine sola. Libreta en mano. Anoto a oscuras cosas. Sobre la cinta, sobre los actores, sobre lo que dicen, lo que miran, sobre la luz. Anoto en total oscuridad y en máximo silencio. A veces escribo también que me encanta estar sola y verme sola, y sentirme genial porque nadie sepa que estoy por la ciudad. Y vivirme, sola. Pasear por la ciudad y coger el tren a Sol, sin prisa, sin rendir cuentas, pasando desapercibida. Me encanta estar con mi hermana. Se ha revelado la mejor sustituta de mi trágica ruptura. La ruptura del año. Aunque evitaré, lo juro, la versión doblada a la que está mal acostumbrado un público maleducado, poco cultivado, de actitud borreguil y comerciales en esencia. Yo quiero ir al cine y meterme de lleno en la película, para poder hacer el esfuerzo si al guión le cuesta tirar de mi.
Pd: broche final un finde genial con J. y M. y con MZ. y el parque, y la piluka, los sombreros. Y batidos y entradas agotadas y cercanías y el 133 http://www.youtube.com/watch?v=M8g6U0EcIpE
Los que me conocen lo saben bien. Me encanta el cine. Y me encanta ver buen cine y no soy nada agradecida para ver sólo lo que me echen. Me he entrenado con los mejores espectadores de cine -visionarios en muchos casos- y desde hace años me bebo la cartelera. Cada vez menos, por desgracia, porque donde ahora vivo no prodiga mucho que digamos lo de que la versión original esté por encima de modas o modismos. Y hace tiempo que no sé ver películas si no escucho la voz del actor, y choca quizá porque amo las voces de los locutores y dobladores y de hecho suelo enamorarme con facilidad de estos últimos. No es, por tanto, una cuestión de esnobismo. Son principios. Como hace tiempo que me gusta lo de construir historias, ver cine es tener ante mi ejemplos de lo que se puede hacer, de lo que funciona, y lo que jamás puede hacerse. No me valen los argumentos que se sacan de la manga algo que nunca te presentaron, porque sé lo que cuesta lograr crear motivos y puntos de giro reales. Hacía mucho que no aprendía con el cine, aunque una vez tuve un novio que me culturizaba todos los días y me enseñaba a ver la mujer pantera y destripar las de aristaráin... también batman. Estar delante de una buena película es difícil, porque crear, atar, e ir desmembrando las historias, para que las capas del ovillo vayan saliendo solas, como un parto natural bellísimo... No es fácil. Para los narradores de historias asistir a obras como "El secreto de tus ojos" es atender al puro arte y dejarse llevar por una magnífica parábola de perfección. Los planos, los detalles, los diálogos, la mezcla perfecta de tipos de trama que se engarzan como un engranaje perfecto. Esto es cine. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto desde la butaca. Quizá con Juno, con la última de los Coen, y más recientemente con Up y Malditos bastardos. Gracias cine. Gracias.
Martina repasó la escena por sexta vez: “Llévame contigo, Paul, llévame”, exclamó, levantando el brazo y recogiendo su mano en la frente. El guión, escrito en papel amarillo, volvió a volar sobre la cabeza de Martina. “Exageras, monada, siempre, y esto no es el teatro, esto es cine y en el cine no se exagera, se vive”. Carlo movía los pies, calzados en unos zapatos rojos de charol brillante, haciendo círculos sobre él mismo de manera errática.
Martina miró de refilón la pila de papeles encuadernados blanquísimos que eran el guión y volvió a encenderse otro cigarrillo y a cerrar los ojos para concentrarse en aquella nave de techos altos, tan grande y tan fría como el hangar de un aeropuerto. La luz blanca del foco le daba directamente en los párpados, pero ella lo veía todo oscuro. La enorme tela verde tras la que se había perdido el director, dando órdenes por el teléfono móvil, había emitido un enorme punto y coma en negro, así que Martina sólo tenía que esperar. Repasaba mentalmente, mientras se miraba sin atención sus pequeños pies envueltos en bailarinas blancas, obviando la mirada azul del iluminador casi lanzaba corrientes eléctricas.
Llevaba más de tres décadas años viviendo por y para el cine, y tenía en su espalda pequeños lunares, bucles negros que caían desordenados, y veintenas premios. Repetía como un mantra la escena, mantenía sujetas las manos a los laterales de su estrecha figura, y se medía, para no ser expresiva de más, y apretaba fuerte los ojos: “Llévammmme contigo Paul!”, gritó entonces, casi enfadada. Y volvió a la carga: “Paaaul… ¡Llévame contigo!”, y esta vez emitió casi un sollozo. Martina se sentó entonces en uno de los bancos carbón de la calle de Nueva Orleáns a la que imitaba el escenario. Delante de ella pasaban carritos llenos de cuerdas y cables más o menos grises, y algunos actores de relleno la miraban de reojo y cuchicheaban.
Vio, nítido, venir a Carlo desde abajo de la calle de cartón piedra mientras probaban las luces para hacer la escena de noche.
Se movía de un lado para otro y regañando al personal: “Esos ocres, más ocres…. Y ¿qué es eso de pintar el cielo de azul? De eso nada, blanco, ya le daremos luces de colores… Blanco y una luna enorme ahí, por favor. ¡Adriana! ¡Trae unos refrescos a los extrasssss, no tienen aspecto de acabar de salir de una taberna, precisamente!”. La estrella principal blandía los extremos del guión en el que seguía enfrascada. Vivía por y para interpretar como las grandes musas del cine americano de los 40, pero cada los directores le pedían cada vez “más color”. “Me gustan tus zapatos, Carlo”, le dijo entonces, “parecen… brillantes”, siguió ella.
Carlo respiró aliviado cuando se sentó junto a ella, y los pulió con una manga al charol bermellón. “Rojos, rojísimos, son, nena. Vamos a repasar la escena”… Se pusieron entonces de pie y Martina soltó en una retahíla dos páginas del guión. Se midió. Matizó y Carlo la besó. Era única dándole esa pasión a las heroínas de fondo amargo.
Las luces bajaron, ascendió una inmensa luna menguante por detrás de la mujer, y ella se colocó el vestido negro hecho jirones, y mientras la pintaban los labios de color rosa pálido se le escapó una sonrisa. “Matices de Nueva Orleáns, escena cinco: La noche”, gritó el claquetista. Los ojos de la actriz principal se abrieron, como queriéndose comer a todos los presentes, y se posaron en casi todas las luminarias artificiales que decoraban las dos calles. Recitó como nunca y, acabada la escena, todos aplaudieron. El segundo día fundió, por fin, a negro. Salió del edificio, abrigándose fuerte con un mantón de lana. Mientras la nave iba perdiendo todos los colores, quedando inmersa en la oscuridad más absoluta, Martina iba repasando mentalmente la escena de mañana. En la calle le esperaba el chófer, Jean, con ese descapotable azul chicle en forma de escarabajo y una sonrisa repleta de arrugas. “Buenas noches señora”, le dijo él. “Buenas noches”, respondió la actriz, acomodándose en el asiento trasero. “¿Qué tal marchó hoy el día?”, le preguntó él, “con sus luces altas y bajas”, respondió ella. “Más blanco que negro, entonces”, contestó el chófer. Ella le respondió con una sonrisa mientras miraba por la ventana, apoyada verticalmente en el respaldo de cuero blanco.
Solían hacer los trayectos envueltos en silencio cómodos y frases rápidas.
Él lo sabía, y ella sabía que lo sabía, por eso jamás hablaron del tema. Nunca hubo que explicarlo. Y agradecía que nunca la mirara con pena, cuando lo hacía a través del retrovisor. “Colorea mentalmente y como tú quieras. Las cosas no tienen colores, tienen matices”, le había dicho él aquella tarde en que montó sollozando bajito en el coche porque había pintado una casa azul y un cielo violeta. Para ella Jean siempre había sido así: gris brillante. Un hombre de pelo gris, que siempre condujo un coche blanco y siempre vestía de blanco y negro.
En el camino a casa, las luces anaranjadas iban proyectando sombras en la carretera. Los cables de la luz bailaban de un poste a otro. Martina dormía poco. No tenía insomnio, pero para ella sólo de noche se abría el telón. Sólo de noche sentía verdadera conexión con el mundo. Las luces de la ciudad se le antojaban blancas, blanco sobre negro. Las de la carretera, matizadas en gris, poco brillantes. Sólo de noche y a oscuras todas las retinas funcionan como las de ella: con toda ausencia de color. Martina encendió la pequeña luz de atrás para volver a repasar el guión. No conseguía la entonación adecuada. Respiró, tragó saliva, lo repitió y cerró de golpe el cuaderno. “¿De qué color tenía Gilda el pelo, Jean?”, dijo ella levantando la cabeza para hacer coincidir sus ojos con los del chófer. “Negro como usted, señora”, respondió él, doblando la esquina.
Llegué por casualidad y por una conversación de cafetería envuelta en dudas. Encontré en los paraísos electrónicos los abrazos más auténticos... viajé sola por kioto, por dresden, embotellé lluvia y suelto lastre. Ahora sólo escribo, de oficio. Y en septiembre de 2009, años después de posarme para aterrizar, vuelvo a emprender una aventura voladora; desnuda y rellena de letras. bienvenido