sábado, 27 de marzo de 2010

Ejercicio 24 del taller

La pasión se deja intuir desde lejos, porque es una vieja conocida que duerme a veces; duerme tanto como quiere, porque no conoce de relojes ni termómetros. Viene amenazando un desbordamiento de sentidos, o un colapso de éstos. Y a veces es inevitable que las dos posibilidades colisionen. Su llegada viene acompañada de una fuerte descarga eléctrica que diseña de inmediato una sonrisa en la cara, y que enciende el ser de arriba a abajo y de dentro a fuera.

Este sentimiento centra de un sólo golpe a los más distraídos, y si no te levantas con más fuerza, puede llegar a arrollarte. La pasión ha de cogerse por la crin, como un caballo negro muy brillante y espléndido del que ha de aprovecharse la velocidad, la energía, la fuerza y el sentimiento de libertad para recargarse, pero que puede desbocarse y pisarte la mandíbula. La carrera, pues, ha de ser libre, sin barreras, pero no acepta soltarse de manos. El paseo con ese viejo amigo que regala visitas puntuales, obliga a cerrar los ojos y respirar muy profundo varias veces para comprobar que se está vivo y que es verdad. Porque uno de los efectos secundarios de la pasión, sin embargo, es que nunca termina uno de creerse que eso vaya a durar para siempre.

Cuando uno se topa de frente con la pasión, actitudes como el deleite se intensifican, la risa brota sin querer, los ojos brillan y se abren mucho, como los brazos que se cortan para intentar no abrazar hasta los árboles. Uno nunca pierde sus pasiones, sólo las duerme a veces. Cambian los escenarios, los tiempos, los días, pero ese caballo siempre vuelve a casa. Y cuando lo hace, la lucha por mantenerla cerca y la paradoja de controlarla, es constante.

La pasión brota, por eso es imposible atajarla. Desconozco si la ésta puede dosificarse, pero sin duda el desbordamiento es tanto riqueza como destrucción de la vida. La fuerza del grifo depende del carácter, de la personalidad, del grado de emoción que cada cual ponga a la vida. Y desgraciadamente del papel que juegue la razón en todo el juego. La razón late al mismo compás que el corazón, aunque parezca que se contradicen. Sólo se desincronizan momentáneamente. Cuando la pasión llega, doma el caballo sin pensar que la carrera que jamás agota acabará algún día.

1 comentario:

Anthony dijo...

La vida está llena de establos, y también de crédito limitado para apostar por el ganador. Corre caballo corre.