jueves, 26 de agosto de 2010

Las horas muertas tienen más vida que las calles


Hoy olvidé el reloj en algún sitio. Llegué tarde al trabajo a propósito, a cambio de ver el cielo detrás de las ramas de un árbol que nunca recordé tan alto. Mis minutos se filtran por debajo de la piel, sin ningún sentido y con poca prisa. Y se digieren como pueden, a contrapié e intentando coger aire para no congelarse otra vez.

Se me escapan los días sin darme cuenta -sin derretirse apenas- y olvido los relojes en todas las mesillas y en las esquinas de los parques. Duermo en todas partes y en ninguna así que no es extraño que el tiempo se vierta en las aceras y por todas las camas y se me escape entre embistes, risas y pesadillas.

Dos horas pasada la media noche, en la calle sangran dos gargantas peleando a gritos, arranca un coche y despierta a varios balcones con un golpe de claxon. Yo tengo sed. Y estoy rodeada de ropa y ventiladores y pantalones doblados, y una almohada que cuenta historias y almacena respiraciones y varios cuadernos abiertos. Y de siluetas con fondo ocre y tenue que mañana no tendrán ningún sentido ni color. Y que hoy son la mejor visión de la noche.

Recortes al otro lado de la cortina. Los sonidos, las sombras, la respiración, la música, el olor de mi cuarto, el sonido de la brisa moviendo papeles... El eco difuso, posiblemente imaginado, de un reloj desaparecido. La memoria borrosa, la reciente, tus canciones. Las ganas de llorar de alegría cuando tocas con la yema de los dedos algo parecido a una meta. Los amigos. Las cuentacuentos. Llevo tiempo sin escribir una sola línea sobre las emociones, pero en estos días palpitan las venas del pecho. No creo que vuelva a perder la consciencia por ello pero veo avanzar la madrugada y siento pena de no describir con más frecuencia los días y valorar todo lo pequeño que rompe los segunderos.

Inspirar es magia pura. Acariciar teclas para hilar palabras, como quien sopla un frasco de pompas de jabón, es lo más cerca que estaré de componer una canción. No domino ningún arte, y me muevo por pocas virtudes, pero peleo por hacer que respirar, escribir y sonreír se conviertan en la misma cosa: en nervio y en idioma.

Este nervio de pronto vale por todas las horas incómodas, vacías, rápidas y angustiosas. Rompe las esferas, los horarios, los planes, la programación, las hojas de excel... (¿Los escuchas rompiéndose?) Hay horas donde de poco importan los relojes. Horas, como ésta, donde las siluetas tras los balcones se convierten en vidas paralelas en sombra, en escenarios etéreos y difusos. En plantillas que regalan ideas... la ventana de arriba es sólo un lejano compañero de horas muertas. Y yo creo que daré por perdido el reloj esta semana. Como a veces doy el miedo por perdido.


pd: sherezade, otra vez... te robo la melodía

Foto: AlonsoT

6 comentarios:

N@n@ dijo...

G-E-N-I-A-L, Paca

Fdo. Lauren

patapalo dijo...

QUÉ BONITO!!.

"Inspirar es magia pura".Pienso mientras juego con un reloj que perdió la rigidez el día que Dalí le dio cuerda con sus dedos.

Tus palabras,pompas de jabón que cuando explotan y arrancan sentimientos contradictorios,mezcla de melancolía y esperanza al mismo tiempo.

Identificarse con tus palabras es fácil..Quizá porque el equilibrio de nuestras soledades encontradas venga de tan lejos como las horas del reloj.

Beauséant dijo...

pompas de jabón, es cierto.

a eso me sonaban tus letras..

gracias patapalo :)

kay dijo...

gracias a todos. a veces romper los relojes es disparar la sonrisa :) vivan las soledades encontradas y los encuentros casuales, patapalo

jesus dijo...

qué bonito te sale todo

pqueno dijo...

romper relojes y olvidar el miedo (o la fórmula era mejor al revés)

tenemos (desde hace mucho, lo sé) un desayuno pendiente. prometo que, en cuanto me reinstale debidamente, y ordene mi vida, saldamos deuda


abrazos partidos desde la ciudadenmedio