martes, 25 de mayo de 2010

el comienzo más difícil del mundo. lección 29




Querida nadie,

Me gustaba llamarte Alicia. No sé por qué. Te imaginaba con un vestido de tul azul claro. Imaginaba que tenías los brazos pálidos con algún lunar y unos dedos largos y fuertes. Quizá pudieras llevar las uñas pintadas de un color ténue, quizá te dabas un poco de colorete y a lo mejor te gusta el chocolate muy amargo y el pipermint. Siempre estuve segura de que nunca llevabas tacones, que te ponías cintas en el pelo y que jamás hablabas de ti. Con el tiempo aprendí que no es raro que los gallegos no hablen de su vida. Es bastante normal que les cueste contarte qué sienten y aún más complicado descifrar sus emociones detrás del cristalino. Así que no verte nunca me hacía más fácil conocerte. Y ahora sé que te reconocería en cualquier lugar.


Tú no lo sabes, pero te conocí un día de agosto en el que no paraba de llover y me costaba mucho avanzar por la calle. Buscaba sol entre las rendijas, miraba al cielo y nada me hacía tener siquiera la esperanza de que fuera a ponerse todo azul. Se me paró la respiración cuando pasé por tu ventana. Y estoy segura de que me enamoré de ti. Allí afuera todos los días vendían flores y aquel martes todos los crisantemos y los pensamientos se estaban empezando a empapar y yo pensé que posiblemente no aguantaran mucho tiempo los embistes de las gotas. Para salvarlas o para salvarnos te las hubiera comprado todas: hubiera llenado la calle de flores sólo para que, si algún día decidías asomarte, vieras el reguero de gente y de flores y te encantase. Pero no lo hice. A cambio me quedé agazapada en la columna, bajo las rejas de tu balcón.

Aquel día en que te conocí, como hacía de lunes a viernes, sorteé peregrinos enfilando hacia arriba la Rúa da Calderería que buscaban la catedral. También entonces me preguntaron por la Praza da Quintana y les expliqué que era mejor no buscarla, porque siempre aparecía. Recuerdo que así fue como encontré la Fontana de Trevi con M. y la Piazza Navona y bailamos descalzos de la emoción. Las cosas que se buscan nunca saben tan bien como las que aparecen sin querer a la vuelta de la esquina, como si alguien hubiera cambiado los mapas y las calles para que se coloquen a tu paso. Antes de aquel día yo nunca te había advertido. Pero desde aquel no pasó ni uno sólo en no que me quedara al menos cinco minutos viendo flores o escaparates. No sé si me gustó la librería Vetusta porque tú tocabas el piano encima o por el letrero, ajado, metálico, doblado sin remedio. 'Vetusta. Libros, mapas, pergaminos'. ¿Sabías que están especializados en bibliofilia? El día que descubrí aquello también caí en la cuenta de que vendían partituras así que era cuestión de tiempo que algún día nos encontráramos en la puerta.

Pero aquello nunca pasó. Llámame cobarde pero tenía miedo. A veces tengo mucho miedo y me paraliza y me quedo sellada al suelo y empiezo a temblar como una hoja y no puedo moverme. Y tenía miedo, creéme, de que tú no existieras. Hubo un día en que pensé preguntarle al librero quién era la persona que tocaba el piano sobre la tienda. Pero nunca lo hice. Me limitaba a componer cada día una tienda distinta mirando en diversos ángulos a aquel librero de gafas redondas y engominado con camisa y pajarita. Posiblemente se llamara Xurxo y tuviera unos nietos a los que enseñó a leer y a escribir las cuentas 'de sucio' con una pulcritud cristalina. Nunca vi niños allí dentro. Estoy segura que las madres considerarían que no estaba muy bien que murieran tan pronto por un ataque de ácaros. ¿Te gustan los libros antiguos? A mi me hacen estornudar pero me gusta tocarlos porque ese papel ya no se fabrica. Me da pena perder cosas... Perder fotos, vinilos, amantes...Todo se pierde, adelgaza hasta desaparecer, se queda translúcido o se vacía. Pero los libros se hacen más fuertes con el tiempo: huelen más, están más ásperos, y tengo la sensación de que hasta la tinta se endurece.

Creo que en aquella ciudad los relojes hace tiempo que van a otra velocidad. Es normal que Santiago decidiera peregrinar hacia aquí. En esta ciudad ha de pasarse al menos una parte de la vida. Depura, afianza, tranquiliza... Te cambia. Este viaje era temporal pero nunca pensé que tus clases acabaran. En Compostela el clima desorienta, adormece, te mantiene en un estado de anestesia incómoda. Pero cura. Es porque el viento sopla mucho más pausado, llueve con ritmo y el sol sólo sale en los años bisiestos: te obliga a quererle y odiarle todos los días. Allí me orientaba por el sonido de las campanas y aprendí a escuchar entre líneas.

Descubrí sonidos nuevos: el repiqueteo de las gotas en el alféizar era distinto según la hora, los tacones sobre la piedra emitían un sonido completamente distinto y las bicicletas sonaban como un rayo. Solía concentrarme en todos esos puntos sonoros y no podía evitar cerrar los ojos muchas veces. Y entonces un día tú también sonaste. Me acuerdo que en aquel momento supe que de conocerte, me hubiera enamorado de ti. La ciudad de piedra tiene una acústica de miedo, y tus dedos sobre las teclas, a las dos y media pasadas, cada día, eran capaces de iluminar la calle en el día más triste del mundo. Eras magia contenida detrás de unas cortinas largas y verdes delante de un cristal que siempre estaba abierto.

Me imaginaba tu estado de ánimo a diario. Sólo tenía unos pocos minutos para intuirte, pero te sabía contenta, preocupada, cansada o pizpireta. Aprendí a distinguir los trazos entre las notas, a recrear tu mandíbula concentrada y tus ojos perdidos o atentos. Siempre pensé que no podrías vivir en la ciudad, que venías a dar clase, a impartirlas o recibirlas y te marchabas por la misma calle que yo subía y bajaba varias veces al día. Estaba segura de que tenías que irte en tren. La estación de Compostela sabe a música y estoy convencida de que nos cruzamos muchas veces.

El día que me dijeron que tenía que marcharme supe que jamás volvería a oírte. Fue precipitado, no me dio tiempo a despedirme, Alicia. El último día antes de marcharme, con las maletas preparadas vacías para volver a empezar, bajé a la estación. Pensé: 'tienes que coger el tren'. Y esperé. Esperé. Esperé. Tenías que coger el tren, Alicia, bajar la calle, cruzarte conmigo cuando yo saliera del trabajo por la noche, reconocerme bajo la luz naranja de las farolas, sonreírme. Busqué tu vestido, tu carpeta de partituras. Sólo viento, vacío, silencio. El tren avisó de que está a punto de dejar el andén y tú no estabas. Es cierto que he pensado en la posibilidad de que jamás existieras. Y en realidad sería mucho más sencillo. Nunca me he enamorado de una chica.

Hoy he vuelto a Santiago. He tomado café en el Literatos, mirando a la Quintana. No pensaba hacerlo, pero te escribía porque cuando volví, pasadas las dos y media a tu balcón sólo sonaba el viento. Las contraventanas se amortiguaban con una cortina negra. No había verde, ni turquesa, ni piano. Pero Vetusta seguía colgando el débil cartel de 'abierto hasta las ocho'. No hay Alicia. Así que dejaré esta carta en el libro de García Segura. 'Un telegrama (partitura completa por cuerdas)'. Me pondré el sombrero y cogeré el siguiente tren. Y ya nunca más habrá partituras llenas de polvo ni quien llene de azul Calderería. Quizá todo fue un sueño. No lo sé. Yo ya no soy la misma.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. BELÉN KAYSER

Foto: untipografico

9 comentarios:

alZhu dijo...

Hipnotizas y enganchas y algo se mueve por dentro siguiendo tu pulso.

Siento cómo tocas/ acaricias/ aporreas el teclado

-como Alicia el piano-

y te sé melancólica, triste. Entre el rojo... y un azul oscuro -casi negro- propio de una ciudad de lluvia intermitente y libros que huelen a historias inolvidables.

Pequeña, es un texto precioso, que rebosa ritmo y música. Nunca te había leido tan talentosa. Nadie que escribe así puede pensarse cobarde.

Te quiero más. Siempre.

Chapeau!

Elena -sin h- dijo...

Creo que,sinceramente, es lo mejor que te he leido..

Elena -sin h- dijo...

Y creo que yo tambien me hubiese enamorado..

Diana dijo...

Encántame!!! Acertas co de "no es raro que los gallegos no hablen de su vida", sobre todo porque en moitos casos é verdade!! Somos xente discreta, eu diría que demasiado...
Non sei como eras antes nin en que te cambiou Santiago, pero es unha rapaza incrible aquí e na China!
Ah, e por certo, ás veces cando paso por Cervantes acórdome que o teu piso daba á zona vella e que tiñas o ordenador posto na terraza para escribir alí (envexábate un pouco por iso jeje).
Un bico fermosa

kay dijo...

si, mandiá... encantábame a miña galería... as plantas... o sol cando lle daba a gana aparecer. grazas por seguirme sempre e intentar que rompa coa miña inconstancia! (alzhu, sherezade... llevamos 5 años ya en esto... y... es bastante emocionante seguir aquí tan distintas)

Anthony dijo...

Bravo. Lo que más destacaría es que en un breve texto has realizado un viaje por Santiago y otro por el interior de la protagonista. El hecho de que su amor fuese una chica me ha obligado a la relectura y es precisamente por esta rareza gracias a la cual el texto se envuelve aún más de misterio. Lo mejor de los sueños es que no se cumplen, te diría yo. Me ha gustado. El texto derrocha taller de escritura (ritmo muy bueno) y sello personal, la verdad es que está muy logrado. Me queda la incógnita de saber cuánto tiene de autobiográfico. Empujas a escribir.

PD: "Mandíbula concentrada", ésta me la apunto.

patapalo dijo...

Que bonito.

Tu blog es una caja de sorpresas,cuando la abres escuchas la canción que justamente necesitas.

GRACIAS POR INSPIRARME...pasa a verlo si quieres.

Después de esta historia el peregrino de la quintaba intentó escapar de su prisión,justo cuando atlas lanzó la bola del mundo el Toural.

T. dijo...

ay, alicialamaga...

Enric dijo...

Muy bien, Belén :****

Enric